
Las ciudades son seres vivos. Tiene sus ritmos, su nacimiento y su muerte, aunque estos están más allá de la percepción de la corta vida de un humano. Baluarte del Sur es una excepción incluso en eso. Baluarte del Sur, o el Baluarte, tal y como la conocen sus habitantes, es un cadáver en estado de putrefacción. Los hombres y mujeres que la habitan no son sino gusanos que viven de la carne muerta. Parásitos que viven falsas ilusiones de vidas entre la carne que se descompone. Un laberinto de estrechas y polvorientas callejuelas, de edificios de barro que se apiñan unos sobre otros como si intentasen escapar en vano del sol inmisericorde que brilla en el cielo limpio de nubes, de una tierra seca que solo hiede a muerte.
Fundada en los tiempos de la herejía aedoriana, en los días que los señores de Arglantha dominaban los países de Irkemi y Fengala, sus murallas de piedra se erigieron en el único paso que cruzaba las Montañas Grises hacia las tierras yermas de Usumbalath. Murallas, fosos y empalizadas como jamás vieron los hombres para acoger a las Sombras de Ury. Los mejores de los mejores guerreros debían detener el avance de los ejércitos del Sedtalión, el Señor del Fin de los Días. Ellos y solo ellos, elegidos entre los elegidos, salvarían el mundo de la destrucción, y propiciarían el inicio de la Edad Dorada del Hombre.
En los años inmediatos a su nacimiento Balarte del Sur recibió las multitudes que seguían a los Dioses Reyes de Angorea. Sus murallas se atestaron de mercaderes y funcionarios, sacerdotes y soldados, hombres santos y pecadores. Mil y una lenguas resonaron entre sus murallas de granito. Sin embargo la herejía aedoriana murió con su creador, Bedlential el Apostata, y Baluarte del Sur murió con ella. La ciudad se vació de vida. Sin la misión para la que fue fundada, en medio de la nada más absoluta, alejada de cualquier ruta comercial, levantada en una tierra yerma, desértica, la muerte fue rápida y fulminante. Los sacerdotes, funcionaros y soldados retornaron a la capital, y con ellos el oro que atrae a aquellos que crecen a su sombra.
Y bajo el ardiente sol del desierto, Baluarte del Sur comenzó su interminable proceso de putrefacción. Los primeros parásitos en llegar fueron los desheredados que no tenían siquiera un palmo de tierra que pudieran llamar suyo. Esclavos huidos, agricultores arruinados, hombres y mujeres sin un techo bajo el que cobijarse ocuparon palacios y templos abandonados y los transformaron en sus hogares. Poco después llegaron aquellos que escapaban de la ley. Nadie les buscaría jamás en esa tierra tan alejada de todo. Tan alejada de absolutamente todo que fue ignorada por los ejércitos nanthirios y permaneció en pie tras la caída del último de los Reyes Dioses de Angorea. En ese simulacro de normalidad se habían acostumbrado a vivir entre los restos de la ciudad, a la espera de una oportunidad de retornar a tierras y ciudades que si tuvieran vida. Y así continuó la riada de muertos en vida que se había hecho constante a lo largo de las décadas. Aquellos lo suficientemente desesperados buscaban una última oportunidad entre sus antaño grandiosas murallas.
Pero el oscuro dios de Nanthiria no respeta el descanso de los muertos. Su ansia destructora está más allá de la vida y la muerte. En lo más oscuro del oscuro y polvoriento cadáver putrefacto de Baluarte se esconde un cuervo y un lobo. Y con ellos se esconde aquello que más desea, lo único que en verdad desea aquel que esta más allá del deseo, el Destructor de Mundos, el Señor del Fin de los Días. Esta es la crónica del fin de los tiempos, del nacimiento de la Era de Sedtalion, de los últimos días de Baluarte del Sur.
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Welcome Message
El cuervo sabe esto y muchas más cosas, y por eso agradece por primera vez que sea el Lobo quien le acompañe. Desde que dejaron atrás Akemi, el País de los Dos Ríos, y se adentraron en el pedregoso desierto de Baalath, tan solo se había sentido inquieto por los traicioneros guías usumbalithas. Pero un hijo de Nanthiria, Danzarín de la Lanza y la Espada podía dominar eso y mucho más . Sin embargo, en las alargadas sombras de las torres que aún permanecen en pie, se esconden terrores más allá de la comprensión de los hombres. Por vez primera el cuervo eleva una silenciosa plegaria a Yaavhre, Padre en la Sombra, agradeciendo que el Lobo camine a su lado. Nada importa ya que los siempre supersticiosos nómadas usumbalithas les abandonasen días atrás, negándose así a adentrarse en el bosque de las torres funerarias.
El Lobo desconoce la historia de las torres pero sus sentidos, afinados como los de un depredador, le avisan del peligro que se oculta bajo las milenarias torre de ladrillos cocidos bajo el sol. Puede, a su vez, oler el miedo que emana su compañero de huida. El nathirio, pese a su aparente frialdad, se siente dominado por un miedo irracional.
Pero el miedo es un arma de dos filos, y al igual que se apodera del cuervo, clavará sus garras en los perros de presa que les siguen desde hace semanas. Mercenarios brulos cubiertos de bronce y hierro, llegados a las playas de Akemi en sus largos barcos-serpiente; lanzeros Cupta de piel de ébano de la lejana Brumeki, la de los Muros Carmesí; sacerdotes guerreros de Madrava, la Muerte Ululante, armados con sus broncineas hachas. Demasiados enemigos incluso para un Danzarín de la Lanza y la Espada. Incluso para el Lobo, venido de las estepas del fin de la tierra, donde reina el Invierno.
El sol ya se ha ocultado en el lejano poniente. Sin embargo la ciudad en llamas brilla como un segundo sol en la tierra. Palacios, templos y humildes hogares, son pasto por igual de las llamas. Los ejércitos de Nanthiria son como una plaga de langostas de fuego, que tan solo dejan un rastro de cenizas a su paso.
Apenas sienta ya el frío del mármol en la cara. Antes de nublarse definitivamente, sus ojos observan como grises motas de ceniza cubren el cielo. El ultimo de los reyes dioses de Angorea muere en el mismo silencio que ha vivido, y de su memoria tan solo quedarán cenizas.
Sobre las alfombras de seda que cubren el enorme salón yacen los cuerpos brutalmente mutilados de cinco mercenarios brulos que, como buitres impacientes, no supieron respetar al Lobo. Sus cuerpos grandes y musculosos, cubiertos de fuerte acero gris, reposan en posturas grotescas. Pequeños ríos de sangre empapan las alfombras, creando fantásticos dibujos. Uno de los brulos aún respira. En medio de un enorme charco de sangre y heces, apenas consciente en su larga y dolorosa agonía, trata en vano de sujetar los intestinos que salen del enorme tajo que casi le parte en dos. Rhyll no encuentra nada de valor en ellos y nada le importan. Tan solo le importa la corza blanca, casi una niña, que solloza en la otra punta del enorme salón.
Finalmente el Lobo se levanta y decide continuar su camino ignorando a la corza. Rhyll se extraña, pero prefiere no hacerse preguntas felicitándose por su enorme fortuna. La corza blanca, si sigue intacta, vale tanto ella sola como la reata de esclavos que esperan abajo. Una doncella virgen de la nobleza de Arglantha. Un tesoro en si misma. Antes de que el Lobo llegue a su altura se aparta respetuoso, evitando mirarle directamente a los ojos. No es aconsejable que el Lobo se sienta retado. Cubierto de costras de sangre seca, embutido en su negra armadura, el Lobo es como un pedazo de noche que camina bajo el rojo sol del atardecer. Sangre en el cielo y sangre en la tierra. Un ser de la noche en universo de sangre.
Sin embargo no puede apartar las manos de la piel de la joven. Siente como la sangre le bombea con mayor rapidez. Se recrea en los pequeños pechos de la muchacha que apenas se atreve ya a respirar. La lengua se le seca en el paladar. El pensamiento se le nubla por el deseo. Jamás podría comprar una esclava así. El llanto de la joven y el olor de su miedo hacen el resto, provocándole una erección. Necesita adueñarse de ese cuerpo. Con saña destroza la túnica de la joven, casi una niña, y forcejea con ella. El pánico hace que la joven se resista, aumentando aún más la excitación de Rhyll. La golpea una, dos, tres veces, hasta que vence su débil resistencia. Finalmente consigue colocarse entre las piernas de la corza blanca.
El Lobo se deja caer sobre lo que en tiempos fue una hermosa silla tapizada de tercipelo, situada en el que hasta ayer mismo fue un lujoso salón y que ahora parece una macabra caricatura de si mismo. Frente a él, através de la enorme balconada, se desarrolla como en un teatro de sombras el drama del saqueo y destrucción que mil y una veces ha contemplado. Antaño tomó papel en ese drama. Pero hoy ha descubierto que es ya demasiado mayor y esta demasiado cansado.
A su espalda yacen cinco cuerpos salvajemente mutilados. Buitres que buscaban carroña sin esperar a que el cazador dejase su presa. Grandes y estúpidos carroñeros, que confiados en su tamaño y sus inútiles garras, acaban convertidos a su vez en carroña. Por el contrario el hombre que espera en silencio tras la puerta es un cuervo. Carroñero tambien, pero inteligente. Tan inteligente como un depredador. Y paciente. El cuervo espera a que el cazador deje su presa tras saciar su hambre, su sed de sangre. Y así pasan lentos los minutos.
El Lobo se levanta, dando la espalda al escenario en llamas de la ciudad. En una esquina del salón, encogida sobre si misma, tiembla entre sollozos una muchacha tan joven que casi parece una niña. Una corza blanca que aterrorizada espera lo inevitable. El Lobo la ignora. Ya no tiene fuerza ni interes en tomar esa presa. En otro tiempo habría hundido sus garras en esa carne tierna y jugosa. Pero, aunque su hambre animal aún no se ha saciado, esta demasiado viejo y cansado.
El cuervo la mira desde la puerta, valorándola como si fuera una más de las riquezas que adornaban la gran casa. Porque la corza blanca, para el cuervo, es la posesión más valiosa de la casa. Sabe que la corza blanca sigue intacta, que el Lobo no la ha tocado. Y eso la hace aún más valiosa. El Lobo y el cuervo se conocen desde hace muchos años. Por esa razón el cuervo espera paciente a que el cazador deje definitivamente su presa. Finalmente el Lobo se agacha y recoge del suelo unas alforjas cargadas de todo aquello que de valor había en la casa, para después dirigirse hacia la puerta, sin siquiera dirigir una mirada al cuervo. La presa ya es suya.
El Lobo sale a las calles y avanza con paso seguro entre el mar de muerte de la ciudad saqueda. Junto a la bahía aún resiste, orgulloso, el palacio fortaleza de los Señores de la Tempestad. Las máquinas de guerra escupen fuego y destrucción sobre sus altivos muros. Tan solo queda cazar esa última presa para poder volver a la estepa. Y el Lobo esta ya muy cansado.
Yo voy, lobo estepario, trotando por el mundo de nieve cubierto; del abedul sale un cuervo volando, y no cruzan ni liebres ni corzas el campo desierto.
Me enamora una corza ligera, en el mundo no hay nada tan lindo y hermoso; con mis dientes y zarpas de fiera destrozara su cuerpo sabroso.
Y volviera mi afán a mi amada, en sus muslos mordiendo la carne blanquísima y saciando mi sed en su sangre por mi derramada, para aullar luego solo en la noche tristísima.
Una liebre bastara también a mi anhelo; dulce sabe su carne en la noche callada y oscura. ¡Ay! ¿Por qué me abandona en letal desconsuelode la vida la parte más noble y más pura?
Vetas grises adquiere mi rabo peludo; voy perdiendo la vista, me atacan las fiebres; hace tiempo que ya estoy sin hogar y viudo y que troto y que sueño con corzas y liebres que mi triste destino me ahuyenta y espanta. Oigo al aire soplar en la noche de invierno, hundo en nieve mi ardiente garganta, y así voy llevando mi mísera alma al infierno.
El Lobo Estepario; Herman Hesse


